JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA

El Gobierno a lo loco contra José Antonio Primo de Rivera FOTO-Europa Press
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Tenía treinta y tres años, un futuro prometedor como letrado con despacho en la madrileña calle de Los Madrazo, una posición social reconocida y distinguida, un estatus económico notable y, sin lugar a dudas, un porvenir deslumbrante. Era un hombre de principios y valores de hondas raíces cristianas, leal a su familia y camaradas de Falange, espléndido orador y un admirable pensador político. José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia fue criminalmente asesinado por un pelotón de fusilamiento, sediento de odio y rencor, en aquella triste, húmeda y desangelada madrugada del 20 de noviembre de 1936, en la Prisión Provincial de Alicante.

Hoy, ochenta y cinco años después, el gobierno social-comunista instalado en la Moncloa, arropado por sus acólitos y votos mercenarios de la Carrera de San Jerónimo y de la Plaza de la Marina, pretenden ultrajar la memoria del Jefe Nacional de Falange de las JONS, sin disimulo y con enorme sectarismo, intentando exhumar sus restos mortales. Su tumba –siempre cubierta de flores en reconocimiento y sentido homenaje- se encuentra bajo una pesada losa de granito de cuatrocientos kilos de peso, a los pies del Altar Mayor, bajo la monumental cúpula historiada de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Su imponente Cristo crucificado, obra del escultor nacionalista vasco, Julio Beobide de Goiburu (1891-1966), tallada en madera de enebro, policromada por Ignacio Zuloaga Zabaleta (1870-1945), proyecta solemnemente su fuerza sobre –quizá quiera Dios que así sea- su última morada.

Corren tiempos difíciles en una España desmemoriada, indolente ante el sectarismo execrable practicado por el gobierno del todavía Reino de España, sin recuerdo alguno en los libros de Historia de  para conocimiento de nuestros iletrados bachilleres –desconocedores del verdadero relato histórico de los hechos acaecidos-, en medio de un vendaval de apostasía de la auténtica verdad, me niego , por mi condición de español, historiador, docente y padre de familia, a olvidar y asumir la posverdad que triunfa a sus anchas en nuestra Patria –con mayúscula-.

José Antonio, en compañía de cuatro camaradas, dos falangistas, en proceso abierto por la Iglesia Católica pos ser mártires, Ezequiel Mira Iñesta y Luis Segura Baus, junto a otros dos requetés, Luis López López y Vicente Muñoz Navarro, conocido como los “mártires de Novelda”, fueron brutalmente asesinados frente al paredón en el patio número cinco –junto a la enfermería- en la Prisión Provincial de Alicante. El ensañamiento, el odio y el rencor de sus verdugos quedan acreditados por la brutalidad de su comportamiento. A tres metros de distancia, sin la preceptiva orden de “disparen”, los represaliados recibirían ochenta criminales y cobardes descargas.

El camino hacia el macabro cadalso se había iniciado con el apresamiento de José Antonio en Madrid, el 14 de marzo de 1936, para ser encarcelado de manera inmediata a la Cárcel Modelo, lugar de infausto recuerdo por la matanza que los republicanos perpetrarían contra los reclusos el 22 de agosto del mismo año. En aquellos execrables y repugnantes hechos, murieron entre otros, su hermano menor, Fernando (1980-1936), Julio Ruiz de Alda (1897-1936) –fundador de la Falange- y otros destacados líderes de la derecha española, como Melquíades Álvarez González-Posadas (1864-1936). Otro de los negros capítulos que la actual Ley de la Memoria Histórica, luego Ley de la Memoria Democrática, pendiente de aprobación, pretende silenciar, ocultar y no relatar.

El 6 de agosto, José Antonio, ante el temor de su fuga, llegaba a la cárcel de Alicante. A mediados de octubre se iniciaba un proceso, instruido por un tribunal popular, sin la más elemental garantía procesal. Fue rápido, extremadamente hostil hacia el acusado que, dada su condición de letrado, ejercería su propia defensa. Con una brillante exposición, con una oratoria fluida y cargada de argumentos, trató inútilmente de contrarrestar la implacable labor del supuesto y deleznable tribunal. Una farsa que fallaría en contra del líder falangista y le condenaría a la más severa condena: la pena capital. Para entonces, José Antonio era muy consciente de cual sería su destino, por ello se había preparado para ese final. Había escrito diversas cartas personales y su testamento holográfico, de una enorme belleza que les ruego lean encarecidamente. Un texto emotivo, profundo, de amor incontestable a España y a los españoles.

Horas antes de su ejecución, había confesado con un sacerdote que estaba preso en aquel campo de internamiento, José Planelles, que con posterioridad también sería sacrificado por su condición religiosa. José Antonio en ningún momento había perdido la calma, una tranquilidad impropia le acompañó en todo momento, pese a  encontrarse en tales circunstancias. Pudo despedirse de sus camaradas encarcelados, en especial de su hermano Miguel (1908-1964), con un emocionado abrazo y palabras de consuelo, que también estaba confinado en la Prisión Provincial de Alicante.

Después de ser asesinado, sus restos –destrozados a causa de los innumerables impactos recibidos- fue arrojado a una fosa común en el cementerio de la Florida Alta. Posteriormente, en 1938, durante plena Guerra Civil, serían trasladados al nicho número 515 del cementerio de Nstra. Sra. de los Remedios.  En 1939, finalizada la contienda, serían llevados a pié desde Alicante, a hombros de las centurias de Falange, durante diez emotivas y solemnes jornadas, hasta el Altar Mayor de la Basílica de San Lorenzo de El Escorial. En 1959, nuevamente a hombros, serían depositados, el 31 de marzo, a los pies del Altar Mayor de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Espero y deseo que sea la última vez que se perturba la paz eterna de un hombre de excepcional valía, de probada lealtad a España y ejemplo de muchas generaciones. Descanse en PAZ para SIEMPRE.

POR: José María Nieto Vigil


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