A propósito de los comuneros

CUADRO DE JOAN GISBERT PÉREZ, LA EJECUCIÓN DE LOS COMUNEROS (1860), EXPUESTO EN ESTOS MOMENTOS EN VALLADOLID
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Los comuneros eran aquellos que, durante los años 1520 y 1521, participaron en la revuelta de las Comunidades de Castilla

Estamos conmemorando el V Centenario de la Batalla de Villalar (23 de abril de 1521) acomodados en pleno desdén hacia nuestra historia pasada, lamentablemente olvidada por algunos y nunca aprendida por muchos, por demasiados. La ignorancia levantada, desde la inconsciencia, la irresponsabilidad y la falta de empatía con el saber, se convierte en un cimiento formidable para la manipulación montaraz, grosera, ignominiosa y sectaria del devenir de los tiempos, con sus protagonistas y los hechos acaecidos. Los manipuladores se sirven de esta debilidad intelectual para avasallar y construir a su capricho, desde su particular sesgo ideológico, lo que ha dado en llamarse la posverdad, verdadera mentira emotiva que adultera y desfigura la realidad desde una falsedad que, para sonrojo de la intelectualidad no izquierdista, no tiene una contestación en el debate de ideas, en la contribución a la formación de una opinión pública mas acorde con la certeza, ni en la historiografía, huérfana de hispanistas naturales de España. Es una auténtica vergüenza que la tribuna de oradores la hayan ocupado los mediocres, los menguados de ideas y, sin lugar a dudas, de manera triunfante y exitosa, por los maestros de la falacia, el engaño y el entuerto.

La mal llamada “memoria histórica” es un ejemplo lastimoso y execrable del imperio de la ética de pensamiento único. No hay vergüenza ni decoro, triunfa el eufemismo, envolvente y embriagador, encubridor cómplice, al fin y al cabo, de las oscuras intenciones de sus inductores, de los artífices de esta nueva “filosofía”. Locuaces, deslenguados, demagogos, sectarios y, muy conscientes de la indolencia del pueblo, por su pertinaz indiferencia y desafección hacia lo propio, lo español, por la soberbia de la ignorancia arrogante y la fatuidad presuntuosa de la vaciedad de molleras, dictan a conveniencia lo que es verdadero, real y cierto, que aunque parezca lo mismo, en absoluto lo es. La Guerra de las Comunidades es un clarísimo ejemplo de una memoria mancillada, ultrajada y adulterada obscenamente por la felonía y latrocinio de los adoradores de las tinieblas en la historia revelada, vilmente masacrada y atropellada.

Cada año, las mesnadas de la ultraizquierda toman la campa de Villalar de los Comuneros (Valladolid), reclamando como propio el ideario de la Comunidad levantada en armas contra la arrogancia de un rey, más pendiente de sus asuntos europeos que de los de sus reinos peninsulares, sin prejuicios ni más controversia en los mentideros de la opinión pública o política. Mientras, de manera modosita cuasi acomplejada, los próceres regionales se esconden institucionalmente en celebraciones más amables, menos expuestas a las turbas de aquellos que toman la calle, renunciando a la defensa del verdadero sentir de los comuneros, del avasallador ímpetu que les movió a levantar su voz contra el abuso señorial, los excesos depredadores de la corte flamenca y el perjurio a las leyes de Castilla.

Sí queridos lectores, los comuneros fueron unos patriotas que defendían, al menos algunos, el bien común, a su legítima reina y señora, Juana I de Castilla, mucho menos enajenada de lo que se nos ha vendido, y de la libertad para un reino que amaron, defendieron y lucharon por él. Nada de comunistas, nada de republicanos, nada de revolucionarios y, desde luego, que nada de antisistemas. Todo ello nace de interpretaciones ulteriores ajenas a los hechos notorios y notables producidos entre 1520 y 1522, en lo que al conflicto político y militar se refiere, dado que la represión que siguió a su derrota dio pié a la persecución, el ajusticiamiento, o el destierro, en el mejor de lo casos.

Entre septiembre y noviembre de 1520, de manera continuada y reiterada, Padilla, Bravo, Maldonado, Laso de la Vega, Zapata y tantos otros, visitaron a la reina madre en su palacio de Tordesillas. Siempre quisieron tener de ella su bendición, ofreciéndola volver a gobernar un reino del que había sido proclamada legítima heredera, aunque su empeño chocara con la lealtad de una madre para con su hijo, Carlos I. La sacaron, al menos durante los tres meses que consiguieron tener Tordesillas bajo su dominio, de la miserable reclusión en la que se encontraba desde 1509, dictada por su padre, Fernando II de Aragón y vuelta a ser encerrada hasta su lejana muerte, allá por aquel lejano doce de abril de 1555, por su imperial hijo, Carlos I de España, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

Antes del levantamiento de los comuneros, la situación en Castilla era insostenible, insoportable e inaguantable en lo social, en lo político y en lo económico. Tarde o temprano estallaría una sublevación, todos los mimbres habían ido formando el cesto que albergaría la sedición contra el inasumible orden imperante. La llegada a España de un adolescente y extranjero autoproclamado monarca, la falta de afectos que despertó, los atropellos fiscales, la desidia y desprecio a lo castellano, y tantas otras equivocaciones, fueron demasiada afrenta para un sufrido, esquilmado y maltratado pueblo español. La consecuencia no podía, y no podría haber sido otra.

Si los editores de este periódico así lo estiman, en sucesivos artículos les iré hablando de la llamada “Ley perpetua de Ávila” (agosto de 1520), es decir, los Capítulos que contenían lo que los procuradores, acreditados en las Cortes de Castilla, debían exigir por encargo de las ciudades que les habían designado para tal menester. Por lo pronto les señalo que, dejando todo romanticismo lacrimógeno aparte, las pretensiones de los comuneros fueron tan necesarias como urgentes, tan propias como convenientes, tan legítimas como deslegitimadas por alguna de sus prácticas en el desarrollo de la contienda. Si me preguntan que de haber vivido en aquella época de qué bando estaría, mi contestación, firme y clara, es que de parte de la Comunidad. Y eso que no soy sospechoso de tener acervo filo marxista o pseudo progresista alguno.

José María Nieto Vigil


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